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lunes, 4 de junio de 2018

Nos ha dejado Elvira Daudet que ha sido, y seguirá siendo en mi recuerdo, la gran dama sencilla y generosa  del periodismo y la poesía que me honró con su amistad.

Porque no se prodigan las celebridades que sobresalen por su sencillez y generosidad, con inmensa gratitud y cariño quiero rememorar el día en que, estando muy delicada de salud, tuvo a bien desplazarse ella sola en tren desde su casa en Madrid hasta la Biblioteca Rosalía de Castro de Pozuelo de Alarcón y acompañarme en la presentación de LÚA. Si antes ya la tenía humanamente en gran aprecio, ese día creció mi cariño hacia su persona.

Y porque es cierto que Elvira sabía acoger en su casa a las personas a las que distinguía con su amistad, tuve también la suerte y el honor de visitarla con Raquel y su madre en varias ocasiones en las que gozamos de su grata conversación y en las que nos hemos leído poemas mutuamente.

Pero, no, Elvira no se ha ido porque nos queda su recuerdo pletórico de humanidad y su obra poética escrita en el papel y en nuestros corazones. Así que nuestro adiós quiere ser un

“hasta siempre, amiga”.

Descansa en paz.


Un poema de Elvira:

Me estoy quedando a solas con la muerte,

que recorre la casa mientras finjo que duermo.

A veces me contempla dulcemente,

como una madre al borde de mi cama,

y para no arrojarme de bruces en sus brazos

invento que alguien me necesita urgentemente.

Unas veces soy pan para el hambriento;

otras, sonrisa y algodón

para limpiar el pus de las heridas,

o simplemente un cuento

para dormir a un niño de la calle.

Y después soy un sueño, el vino y la guitarra,

para espantar el miedo del parado;

soy los ojos, la luz para los ciegos,

la esperanza para el desesperado,

una estrella en la noche más oscura

o nieve pura en medio del desierto.

Así engaño a la muerte y sigo viva.

(Del libro "Terrenal y marina")

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