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martes, 6 de febrero de 2018

HAY QUE SOÑAR LA VIDA

Este temporal de nieve retrotrae a un niño sevillano a su infancia cuando llega emigrado a Madrid.
En diciembre del 62, aún no conocía la nieve porque en su pueblo natal nieva cada 50 años, así que para él fue un espectáculo y una auténtica delicia la gran nevada que intermitentemente durante tres días cayó en la capital del "impero" en donde a pesar de los pesares se pone el sol cada día.
Así, pues, comparto con vosotros, amigos y amigas, un poema de EL FUEGO EN LA PALABRA en que la nieve, como en estos días, es motivo del canto:

HAY QUE SOÑAR LA VIDA...

PARA VIVIR EL SUEÑO.

Me lo has contado en noches

de vino y gloria, viejo.

Y siempre he percibido en tu recuerdo

la nostalgia de lo ido sin retorno,

el alegre dolor

cuando te echas un trago,

esa sangre de historia

bebida de tus labios.

A pesar de esta nieve

que ya puebla mi barba,

musitabas sin prisa

enlazando en la mía tu mirada,

conservo en el cuaderno

de mi existencia larga

la imperturbable imagen

de aquel niño emigrado

y venido del sur.

Yo tengo entre mis notas

la imagen de la casa

de mi primera infancia

ubicada en mi pueblo

que es un pueblo andaluz.

Epifanía en las páginas

de una infancia truncada...

Después viene la noche

pintada por mi madre,

noche cruda de enero

y sin embargo amable

noche de fantasía.

Porque yo vine al mundo

cuando el aire enfriaba

de mi casa los muros.

Y tocando los nimbos

con sus manos de brujo

convirtió sus gotitas

en los copos más puros

de la nieve más fina.

Y esa noche embrujada,

Cantillana querida,

el invierno extendió

en tus plazas y calles

y en tus montes y campos

tanta nieve del cielo

como nunca pensaste.

Y tus gentes gozaron

con la nieve de ensueño

de un invierno de encanto,

de un invierno de cuento,

Hoy, que es noche de enero,

me parece estar viendo

de madera la cuna

tiritando de frío.

Y en aquel dormitorio

pesadillas nocturnas

con fantasmas y monstruos.

en el sueño de un niño.

Y una madre de azúcar

musitando palabras

y oraciones balsámicas

al chiquillo en la cuna.

Luego en mi juventud,

como antaño los druidas

con sus manos divinas

y sus ojos de luz,

he sabido alcanzar

el poder colosal

de conformar mis sueños...

Y en mis luchas y afanes

contra los hechiceros

he sabido ahuyentar

esos sueños maléficos

que mis noches poblaron.

Así que, amigo, ya nadie podrá

arrebatarme este ungüento feliz

que me alivia la herida

de la humana existencia.

Yo te vi tan contento

con tu mágico hallazgo

que grabé en mi memoria

las palabras salvíficas

que me llegan de nuevo

y que pongo en tus labios:

“Hay que vivir el sueño

para soñar la vida

y la vida soñar

para vivir el sueño.”

Luego al fin proseguías,

tu mirada en la mía:

¡Cuántas bellas imágenes

ilustran mi cuaderno!...

Al llegar a Madrid aún recuerdo

su grandioso paisaje

de ladrillo y asfalto,

esa faja de nieve

que mi mente dibuja

con un blanco de luna

en armiños de ensueño,

aquel niño aterido

con abrigo de enero

y zapatos de frío...

Imaginaos en fin

el suelo de Madrid

cubierto de esa nieve

que yo no conocía

como harina muy fina

de trigo candeal

y la ciudad la artesa

para amasar el pan

bregado de la vida...

Porque esto fue quizás

metáfora y presagio

de lo que fue mi hallazgo

de lo que fue mi encuentro:

el sueño de un pan mágico

que yo creí soñar,

el pan de un sueño extraño

que se hizo realidad.

Porque yo sigo el rumbo

al menos de una idea

de la que tú también

puedes estar seguro,

puedes estar contento:

“Hay que vivir el sueño

para soñar la vida.

Y la vida soñar...

para vivir el sueño.”

Antonio Capilla Loma, en EL FUEGO EN LA PALABRA, Editorial Huerga y Fierro, Madrid, 2012.

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